MI CONFRONTACIÒN CON LA DOCENCIA
Mi incursión en la docencia no es consecuencia del azar. Mi familia paterna es una familia de profesores, mis tías y mi padre fueron maestros. Cuando era niña, mi deseo era ser maestra, pero cuando me convertí en adolescente, la química me guiñó un ojo, y decidí estudiar Ingeniero Químico, pues siendo una profesión universitaria, para mí, era un mayor reto. Con mi carrera obtuve logros importantes, pero la docencia siempre estuvo presente a lo largo de mi vida.
Desde niña, cuando mi juego preferido era reunir a mis amiguitos en algún espacio del vecindario, y repartirles hojas para después asignarles una actividad de acuerdo a su edad, disfrutaba esta hermosa actividad. Después, cuando cursaba el primer semestre de mi carrera, una compañera me platicó que había conseguido trabajo en un colegio como maestra de Física, y que necesitaban otra maestra de Química. Me aconsejó que no dijera mi verdadera edad, pues apenas iba a cumplir 17 años, por lo que tuve que decir que tenía 19 años, porque las alumnas eran de 3º de secundaria, y alguna podría llegar a ser de mi edad. Por más grande que quise parecer, la Directora del colegio me preguntó “¿esta Ud. segura de que tienes 19 años?”, “bueno los cumpliré el 12 de septiembre”, le dije.
El 2 de septiembre siguiente, me vi ante un pequeño grupo de adolescentes que no eran ni más ni menos chifladas que las alumnas que actualmente recibimos, y temblando de mis piernas, me dispuse a explicar lo que la química es y estudia, utilizando la misma estrategia que utilizó mi maestra de prepa, cuando llevé esa materia. Poco a poco, ese nerviosismo se convirtió en emoción y compromiso, y disfrutaba igual como cuando era un juego. Después de recibir mi título de Ingeniero Químico, y al mismo tiempo que me desarrollaba como profesionista continué con mi actividad docente dando clases por las noches en Universidades privadas, hasta que decidí dedicarme por completo a la docencia y dejé de trabajar para industrias.
En 1991 ingresé al Cetis 46 donde me he desarrollado como maestra de Física, Química e inglés.
Aunque han pasado muchos años desde ese primer encuentro, todavía, siento esa emoción que recorrió mi cuerpo, cada vez que me encuentro con un nuevo grupo de alumnos. La responsabilidad y el compromiso con mis alumnos, con la institución y con mi país se fueron haciendo más fuertes con los años y se convirtieron en mi principal preocupación. Ahora siento, no solamente la responsabilidad de que mi alumno aprenda Física, Química o Inglés; sino de que se convierta en un hombre o mujer de bien, critico pero también responsable y humano, con conocimientos pero también deseoso de guiar y transformar a los que los rodean.
En la educación media superior, mis alumnos son adolescentes que, como su nombre lo dice, adolecen de muchas cosas, no tienen seguridad pero la valentía les brota por los poros, les falta madurez pero les sobra amor, tienen mucha energía pero nada de prudencia ni deseos de trabajar; por eso, empiezo mi labor motivándolos para llegar a ser y guiándolos en cómo llegar a ser. Mi prioridad es darles herramientas cognitivas y actitudinales para que enfrenten el mundo sin tropiezos o por lo menos para que estos sean menos. Ellos tienen el derecho de recibir un servicio que yo debo dar completo y con un “plus”, es mi obligación, que estos muchachos no sean los que aparecen en la nota roja de los periódicos, ni como afectados, ni como delincuentes.
A cambio de ese servicio al que estoy obligado moralmente, recibo grandes satisfacciones: el muchacho que me espera en la jardinera para que le explique algo o lo guíe en cómo o donde hacer su servicio social, me hace sentir útil y orgullosa de ser la maestra escogida. La muchacha que me agradece estar al pendiente de su asistencia, porque se estaba desviando de sus obligaciones. La que me dice que por mì clase decidió estudiar una ingeniería. El exalumno que me encuentro como maestro de mi hijo en la Universidad y le dice que soy la mejor maestra que ha tenido.
Muchas son las cosas que me gustaría corregir en las instituciones educativas públicas, la indolencia de algunos compañeros ante la falta de orden y limpieza en nuestros patios y aulas, los embarazos de nuestras alumnas, propiciar el respeto a la ideología y forma de ser entre docentes, también me gustaría cambiar esos horribles números que son responsabilidad nuestra directamente. Creo que todos podemos contribuir para que esto cambie y por mi parte estoy haciendo lo que a mi me corresponde, cumpliendo con mi trabajo y motivando el cambio en los que me rodean.
Mi incursión en la docencia no es consecuencia del azar. Mi familia paterna es una familia de profesores, mis tías y mi padre fueron maestros. Cuando era niña, mi deseo era ser maestra, pero cuando me convertí en adolescente, la química me guiñó un ojo, y decidí estudiar Ingeniero Químico, pues siendo una profesión universitaria, para mí, era un mayor reto. Con mi carrera obtuve logros importantes, pero la docencia siempre estuvo presente a lo largo de mi vida.
Desde niña, cuando mi juego preferido era reunir a mis amiguitos en algún espacio del vecindario, y repartirles hojas para después asignarles una actividad de acuerdo a su edad, disfrutaba esta hermosa actividad. Después, cuando cursaba el primer semestre de mi carrera, una compañera me platicó que había conseguido trabajo en un colegio como maestra de Física, y que necesitaban otra maestra de Química. Me aconsejó que no dijera mi verdadera edad, pues apenas iba a cumplir 17 años, por lo que tuve que decir que tenía 19 años, porque las alumnas eran de 3º de secundaria, y alguna podría llegar a ser de mi edad. Por más grande que quise parecer, la Directora del colegio me preguntó “¿esta Ud. segura de que tienes 19 años?”, “bueno los cumpliré el 12 de septiembre”, le dije.
El 2 de septiembre siguiente, me vi ante un pequeño grupo de adolescentes que no eran ni más ni menos chifladas que las alumnas que actualmente recibimos, y temblando de mis piernas, me dispuse a explicar lo que la química es y estudia, utilizando la misma estrategia que utilizó mi maestra de prepa, cuando llevé esa materia. Poco a poco, ese nerviosismo se convirtió en emoción y compromiso, y disfrutaba igual como cuando era un juego. Después de recibir mi título de Ingeniero Químico, y al mismo tiempo que me desarrollaba como profesionista continué con mi actividad docente dando clases por las noches en Universidades privadas, hasta que decidí dedicarme por completo a la docencia y dejé de trabajar para industrias.
En 1991 ingresé al Cetis 46 donde me he desarrollado como maestra de Física, Química e inglés.
Aunque han pasado muchos años desde ese primer encuentro, todavía, siento esa emoción que recorrió mi cuerpo, cada vez que me encuentro con un nuevo grupo de alumnos. La responsabilidad y el compromiso con mis alumnos, con la institución y con mi país se fueron haciendo más fuertes con los años y se convirtieron en mi principal preocupación. Ahora siento, no solamente la responsabilidad de que mi alumno aprenda Física, Química o Inglés; sino de que se convierta en un hombre o mujer de bien, critico pero también responsable y humano, con conocimientos pero también deseoso de guiar y transformar a los que los rodean.
En la educación media superior, mis alumnos son adolescentes que, como su nombre lo dice, adolecen de muchas cosas, no tienen seguridad pero la valentía les brota por los poros, les falta madurez pero les sobra amor, tienen mucha energía pero nada de prudencia ni deseos de trabajar; por eso, empiezo mi labor motivándolos para llegar a ser y guiándolos en cómo llegar a ser. Mi prioridad es darles herramientas cognitivas y actitudinales para que enfrenten el mundo sin tropiezos o por lo menos para que estos sean menos. Ellos tienen el derecho de recibir un servicio que yo debo dar completo y con un “plus”, es mi obligación, que estos muchachos no sean los que aparecen en la nota roja de los periódicos, ni como afectados, ni como delincuentes.
A cambio de ese servicio al que estoy obligado moralmente, recibo grandes satisfacciones: el muchacho que me espera en la jardinera para que le explique algo o lo guíe en cómo o donde hacer su servicio social, me hace sentir útil y orgullosa de ser la maestra escogida. La muchacha que me agradece estar al pendiente de su asistencia, porque se estaba desviando de sus obligaciones. La que me dice que por mì clase decidió estudiar una ingeniería. El exalumno que me encuentro como maestro de mi hijo en la Universidad y le dice que soy la mejor maestra que ha tenido.
Muchas son las cosas que me gustaría corregir en las instituciones educativas públicas, la indolencia de algunos compañeros ante la falta de orden y limpieza en nuestros patios y aulas, los embarazos de nuestras alumnas, propiciar el respeto a la ideología y forma de ser entre docentes, también me gustaría cambiar esos horribles números que son responsabilidad nuestra directamente. Creo que todos podemos contribuir para que esto cambie y por mi parte estoy haciendo lo que a mi me corresponde, cumpliendo con mi trabajo y motivando el cambio en los que me rodean.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario